Historia del viejo carpintero/Dante Gebel
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By:
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AleCR25
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Mood:
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Otro
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Date:
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12/22/2007 07:03:12
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Music:
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None
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El le propone matrimonio en un arrebato de pasión y tal vez
verdadero amor. Alguien decide que finalmente se dedicará a su
verdadera carrera y vocación: la medicina.
Ella deja sus distracciones atrás, e ingresa al Instituto Bíblico con
el propósito de prepararse para misionar en algún remoto lugar del
mundo. Un adolescente toma la decisión de ser el mejor en el fútbol, y
a partir de ahora, trabajará muy duro para lograrlo.
Los dos esposos finalmente concuerdan en que ella no debe abortar, y
tendrán a ese hijo. Todos tienen un denominador común: decisiones
fundamentales que ahora parecen sencillas, pero afectarán su propio
futuro e inconscientemente, el de los demás.
El primero dejará de ser un soltero sin preocuparse por cuál jean
usará el sábado, para transformarse en el eje de una familia. Otro
salvará cientos de vidas en un hospital, desde una sala de emergencias.
La chica que una vez decidió prepararse en el Instituto, ahora predica
en un rincón de Nueva Guinea.
El otro es un reconocido futbolista y acaba de firmar un contrato
millonario para jugar en Italia. La pareja que una vez decidió no
abortar, hoy escucha a su hijo dar su discurso presidencial desde la
Casa Blanca. Decisiones que causan un golpe cósmico en algún lugar.
Decisiones que afectarán generacionalmente a otros.
Pequeñas decisiones que pasarán desapercibidas para cualquier
escritor de grandes acontecimientos, pero que con el correr del tiempo,
se transformarán en historia grande.
Yo tengo una historia, que habla de esas “sencillas” decisiones. Era
una fría mañana de mayo, y el hombre pasaba el cumpleaños más triste de
toda su existencia. Cumplía sus primeras cinco décadas de vida y el
saldo no era favorable. Su esposa había enfermado hacía unos cuantos
años. No importaba cuántos, habían sido eternos.
El hombre, de oficio carpintero, había visto cómo gradualmente el
cáncer se llevaba lentamente a la compañera de casi toda una vida. Era
una enfermedad humillante. ¿Cuándo fue la última vez que éste hombre de
manos rústicas había dormido toda la noche? Casi no lo recordaba. Todo
se había transformado en gris desde que el maldito cáncer llegó a casa.
Su esposa no tenía el menor parecido con la foto del viejo retrato
matrimonial que colgaba sobre la cama. Ahora solo era un rostro
cadavérico, níveo, sin color y por debajo del peso normal de cualquier
ser humano.
“-Usted es una señora adulta- había dicho el médico-, váyase a casa, y… espere.”.
El hombre, temperamental y de manos rudas, sabía lo que había de
esperar. Lo inevitable. Aquello que le arrebataría su esposa y la madre
sus cuatro hijos. Sin piedad, sin otorgarle unos años más de gracia. El
putrefacto aliento de la muerte parecía llenar la atmósfera con el
pasar de los días.
La bebida era como una anestesia para el viejo carpintero. Por lo
menos, por unas horas no estaba obligado a pensar. Por el tiempo que
durara la borrachera, tendría un entretiempo en medio de una vida que
no le daba tregua. Había cualquier tipo de alcohol diseminado por toda
la casa; en el armario, la heladera, el garage, el galpón, y hasta una
botella en el aserrín de un viejo y enmohecido barril. Este era su
cumpleaños. El hombre festejaba un año más de vida y un año menos junto
a su esposa.
El gemido de su esposa lo despertó del letargo.”-Recuerda- dijo
suavemente la mujer- que hoy estamos invitados a ir a esa iglesia…”
El hombre hizo un gesto de disgusto. El había sido luterano desde su
niñez y hacía años que no pisaba una iglesia. Apenas recordaba algunas
canciones religiosas en idioma alemán que se entonaban en su Entre Ríos
natal. Pero el pedido de su mujer no era una opción, era un ruego
desesperado.
Tal vez el último deseo de quien lucha cuerpo a cuerpo con el tumor
que se empecinó en invadirlo todo. Un último intento por acercarse a
Dios antes de partir para siempre. El carpintero de las manos rudas y
aliento a bebida blanca, asintió con la cabeza. Irán a esa iglesia que
su hijo mayor les había hablado. Estaba un poco lejos, pero cuando el
cáncer se instala en un hogar, a nadie le importa el tiempo. Ya nadie
duerme en la casa del carpintero.
Esa noche, la del cumpleaños, el matrimonio llegó con sus dos hijos
menores a la remota iglesia evangélica de algún barrio de Del Viso,
Buenos Aires. El se apoyó en la pared del fondo y oyó el sermón.
“-Linda manera de festejar el cumpleaños” - habrá pensado.
Pero continuó allí con profundo respeto, viendo como su esposa lloraba frente al altar.
El casi no oyó el mensaje, pero presintió que debía acompañar a su
mujer, y lentamente, el hombre que escondía botellas de alcohol en el
aserrín, pasó al frente. Los dos tomaron una decisión. Aceptaron a
Cristo como su suficiente Salvador. Una sencilla decisión que no
pareció demasiado histórica, y estoy seguro que muy pocos, esa noche,
se percataron del carpintero y su enferma esposa. Pero a ellos le
cambió la vida para siempre.
Ella observó cómo el cáncer retrocedía lentamente hasta
transformarse milagrosamente en un mal recuerdo. El hombre se deshizo
de todas las botellas de alcohol y jamás volvió a tomar. Lo que comenzó
como un mal día, terminó con una decisión que afectan el futuro para
siempre.
A propósito, la historia es real y ocurrió un primero de mayo de
1975. El carpintero de las manos rudas jamás se hubiese imaginado que
debido a su buena decisión, no sólo se sanaría su esposa, sino también,
algún día afectaría a sus hijos. Su hijo menor, que por aquel tiempo
tenía siete añitos, hoy le predica a cientos de jóvenes y entre otras
cosas, escribe esta nota.
Eso es a lo que yo llamo una decisión generacional. Miles son
afectados por un sencillo paso al frente. Cuando decidas a qué te vas a
dedicar, con quién te vas a casar, o sencillamente pases al frente de
algún altar a tomar un nuevo compromiso con el Señor, recuerda que
estás escribiendo la historia. La tuya y la de los demás.
Hace poco les dije a mis padres que estaba profundamente agradecido
por aquel gris primero de mayo en el que tomaron la decisión más
radical de sus vidas. Les dije que cada joven que llegaba a oír mis
mensajes, también le estaban agradecidos.
Y les dije, además, que siento una tremenda responsabilidad, cuando
tomo una de esas “sencillas” decisiones como por ejemplo, el escribir
esta nota. Porque nunca sé a quiénes y a cuántos estoy afectando.
Aunque de algo estoy completamente seguro: a cada minuto de nuestras
vidas, escribimos la historia. Dante Gebel
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