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Nueva Literatura Cristiana*

jacont_75
By: jacont
Mood: bendecido
Date: 04/06/2007 17:35:18
Music: Cuando levanto mis manos


Ojos de Perro Azul Marrón   

Uno

 Soy y no la niña de sus ojos, entiendo esta verdad a medias, pero mi corazón intuye que hay algo más allá afuera, tiene que haber algo más para poder aceptar, sin incredulidad, el misterio de la creación, el poder de la semilla, la fuerza y la convicción de las palabras. Tiene que existir alguna información mas práctica aparte de las historias que contiene ese grueso libro para poder convercer a mi hombre de que sí existe la verdad, el milagro, la sinrazón ilógica de lo maravilloso; hombre que sin desearlo, después de nuestro matrimonio, se ha convertido en un enorme desafío, en ese laberinto que por amor debo desentrañar. Por esa única razón busca conceptos extraordinarios en la Facultad de Teología de la Universidad Libre. No obstante, su búsqueda es infructuosa, la incógnita absoluta se le pierde en lo relativo de la vida. Cansada  y sin fuerzas para enfrentarse a lo rutinario del ocaso no le queda otra opción que dejarse arrastrar, irremediablemente, hacia el territorio de los sueños.Te levantaste en aquella hora en que los hombres no pueden reconocerse unos a otros y como siempre, en ese segundo abismático, únicamente llega a tus sentidos el acto imperativo de escribir en las paredes de la ciudad aquella frase inconclusa que no te anunciaba nada. Rebuscas en ese espacio vacío tu penúltimo movimiento, el de la despedida. Intentas recuperar lo que crees fue el sonido continuo e incierto de una cucharita que, en este otro extremo, alguien dejó caer al piso inconscientemente. En su memoria no existe escena dramática alguna, ni situación que provoque fragmentos nebulosos, palabras graves, misterios apócrifos. Nada en sus recuerdos ofrece la idea de una atmósfera borrascosa que denote inseguridad, contradicción, violencia; presume entonces saciedad, aguas de reposo, delicados pastos. Sus ojos, impregnados del azul marrón del cielo estrellado, en su desesperación más genuina, inventan ingenuamente el primer amanecer del mundo. Los rayos del Sol se introducen por la ventana, radiantes, poderosos, provocando ceguera y fastidio. Nuestra habitación simula un campo de batalla, herencia de la niñez desordenada de mi marido, la observo con los ojos achinados, legañosos, y reconozco el color crema de sus paredes; los mensajes de los afiches a ambos lados del ropero me transmiten solidaridad; descubro con asombro, libros cansados, bolígrafos regados por la alfombra del suelo.  En el velador, a mi costado izquierdo, un despertador que anunciaba el amanecer, deja de chillar cuando la mano de John Mario presiona el botón que devuelve el silencio a la mañana. Debería de tener frío porque te das cuenta que sus sábanas se han rodado por la parte de abajo, lo cubres y a un movimiento suyo las sábanas vuelven a caerse, no insistes; Lo ves ahí tan vulnerable, acurrucado, casi como un niño en posición fetal,  no ves en él al poeta de sueños inimaginables, al enérgico profesor que en sus conferencias magistrales parece todo un gladiador, elevando la estatura cuando una interrogante se despierta por el lado posterior de la sala de grados, o cuando alguien refuta sus apreciaciones sin base lógica alguna, no, ese no es el que ahora esta ahí durmiendo a merced de tus caricias, le das un beso y se sorprende al descubrir en el reflejo del espejo a una mujer joven, hermosa, espigada, orgullosa, de razgos mestizos y con los ojos mas raros del mundo. Recorre con las manos su anatomía y deja escapar una sonrisa cómplice mirando el perfil del hombre de sus sueños. Se percata que el reflejo es opaco y que no refleja realmente la belleza de sus ojos, nuevamente cierra el mundo y comprende que es hora de preparar el desayuno.

Mientras bajo las escaleras la escena, borrosa e incompleta y frágil, sigue viva, viene a mi memoria esa frase inconclusa que debo reconstruir y publicar en todas las paredes de Sundoro. La recuerdo y no, voy visualizando, cristales rotos, fragmentos incompletos en el firmamento; juegan con mi memoria millones de palabras dislocadas, no logro enfocar ninguna por el caprichoso embuste de la memoria. Es la misma escena frágil e incompleta y borrosa que golpea por las mañanas mi realidad de mujer casada. Intentas pero no puedes devolverle, firmeza e imagen y objetividad, a la indefinición de tu recuerdo. La memoria te las sigue jugando mientras te enfrentas a los huevos bien hechos como le gustan a John Mario. Entonces te llega ese instante, ese segundo abismático donde se produce la palabra faltante y asi como si alguien te la hubiera dictado completas la frase inconclusa. Era la misma frase, asi  la recuerdo, pero quiero más, una sonrisa, el fragmento de algún poema que desconozco, quizás una canción, quiero reconstruir los vidrios rotos de mi sueño, busco unos ojos, una mirada, una silla, un espejo, sigo rebuscando en esos espacios desconocidos y lo único que encuentro, lastimosamente, son los huevos que se me habian quemado y debía apurarse si deseaba salir a correr por esa atmosfera privada que le ragalaba Sundoro en esos amaneceres tan hermosos donde pintarrajeaba la ciudad con ese mensaje tan suyo que hablaban de sus ojos y de sus sueños, sin que se percatara su querido esposo.

  

Dos

 

“No sabría como explicárteloâ€Ý, le dijiste,â€Ýpero recuerdo que vi a un hombre en el aire, con los brazos abiertos, estaba sobre una nube, en plan de esperar que viniese alguien a su encuentroâ€Ý. Entonces ella te miró. Sus ojos llevaban impregnados parte del cielo cuando está estrellado. Creías que te miraba por primera vez, pero cuando dio la vuelta por detrás del velador y seguías sintiendo a tus espaldas, su profunda e interrogante mirada, comprendiste que eras tú quien la miraba por primera vez. “Continúa, pleaseâ€Ý, dijo. Hiciste girar el asiento, equilibrándolo sobre una de sus patas traseras: “De pronto oí el sonido de una trompeta que me sorprendió. Al bajar la vista, porque descubrí que yo también estaba en el aire, vi que abajo la tierra estaba alterada, los muertos abandonaban sus sepulcros, era desconcertante ver como salían desde diferentes cementerios con sus cuerpos intactos, no era como en las películas donde veíamos que salían de sus sepulcros despedazados, incompletos, fantasmagóricos, no, no, esto era un film diferenteâ€Ý. Después la viste ahí, como había estado siempre, parada junto al velador, mirándote, protegiendo aquel libro con las manos cruzándose los pechos. Durante breves minutos estuvieron haciendo nada más que eso: mirarse. Tú mirándola infinitamente, redescubriendo sus párpados iluminados como todas las noches. Ella de pie, como buscando respuestas en tus labios. Fue entonces cuando recordaste que juntamente con los resucitados se elevaban también las personas vivas que eran arrebatadas sin previo aviso cuando salían de las bibliotecas, de las iglesias, de los supermercados, de las canchas de fútbol, de los campos frutales, del mar, de las minas, de la selva, de los ríos, de los aviones en pleno vuelo, de las casas, hombres mujeres y niños, innumerables como la arena del mar, pero no se lo confesaste. “Ese hombre -dijiste- era como un imán que atraía a todos esos seres vivos, sí, estaban en el aire, volaban felices al encuentro de aquel que los esperaba con los brazos abiertos. Vi que antes del encuentro de esos millones de seres que estaban volando con el hombre, estos cambiaron de semblante, fueron transfigurados,  no parecían humanos comunes y corrientes, sino que sus cuerpos brillaban, tenían una luz, como una estela que los cubría. Después del encuentro en el aire, todos los que habían subido de la tierra hacia el espacio persiguieron al guía, que al igual que cualquier otro pastor se llevaba su rebaño escogido, y se perdieron en el firmamentoâ€Ý. Ella te dijo sin dejar de proteger aquel libro: “Esa imagen ya no la olvidaremos nuncaâ€Ý. Caminó suspirando: “Volaban, volaban, como quisiera volar yo algún díaâ€Ý. Al llegar al velador la viste aparecer en el cristal circular del espejo. Seguía mirándote con sus grandes ojos de cielo estrellado mientras abría por la mitad el libro dorado de tapa gruesa que no soltaba en ningún momento. La viste buscar alguna parte de ese texto que señaló con el indice y releyó satisfecha. Cuando acabó de hacerlo, cerró el libro y volvió a ponerse en pie, preguntando: era el hombre que esperaba en el aire? sus manos volvieron a sujetar contra su pecho ese tesoro de hojas que había estado protegiendo antes de sentarse al espejo. Y dijo: saberlo Y tú le dijiste: qué? Y ella te dijo: saber si es el mismo que me ha estado siguiendo todos estos sueños, me quitó la soledad y el aburrimiento, sabes, me regaló tranquilidad y paz, eso no tiene precio Y entonces comprendiste por qué te sentías diferente. Aquel hombre que parecía  solitario era el mismo que se le había presentado a muchos, eso te daba la certeza de tu diferencia. lo veo âۥdijisteâۥ. Y es raro, porque cuando desperté ese día no recordaba nada, como siempre, y ahora lo tengo tan presente, tan nítido que parece que lo estuviera viendo, como una película, Ella no respondió. Empezó otra vez a moverse, hacia el espejo y volviste a girar sobre el asiento para quedar de espaldas a ella. “Qué frío!ââ‚¬Ý -dijiste-. “Tal vez se me ha rodado la sábanaââ‚¬Ý Sin verla sabías lo que estaba haciendo. Sabías que estaba otra vez sentada frente al espejo, viendo tus espaldas, que habían tenido tiempo para llegar hasta el fondo del espejo, y ser encontradas por la mirada de ella, que también había tenido el tiempo justo para llegar hasta el fondo y regresar. Tu veías frente a ti, la pared lisa, que era como otro espejo ciego, donde tú no la veías a ella sentada a tus espaldas, pero imaginabas dónde estaría como si en lugar de la pared estuviera puesto el espejo. y parecía judío le dijiste. Y viste en la pared como si ella hubiera levantado los ojos y te hubiera visto de espaldas en el asiento, al fondo del espejo, con la cara vuelta hacia la pared. Después la viste bajar los párpados, otra vez, y quedarse con los ojos quietos en su libro, sin hablar. Y tú volviste a decirle: y su vestido le llegaba hasta los pies Y ella volvió a levantar los ojos desde su tesoro. imposible dijo. Tú preguntaste por qué. Y ella, con los ojos otra vez quietos, aumentó: también me dirás que estaba ceñido por el pecho con un cinto de oro Entonces hiciste girar el asiento, entendías que era el mismo hombre, y en cierta manera eso te molestaba. Cuando quedaste frente al espejo ella estaba otra vez junto al velador. Ahora tenía las manos ocupadas buscando algún versículo en aquel libro, como bibliotecólogo miope, rebuscando algún término o concepto que sabía no podría encontrar jamás. me digas que también su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve âۥdijoâۥ. Y sus ojos como llama de fuego Su rostro interrogante se volvió repentinamente alegre, como cuando alguno confirma una buena noticia. puedes saberlo? dijiste. Y ella empezó a recordar el cielo, la trompeta, las personas y esa voz con autoridad de la cual tú no le habías comentado nada. no estabas en mi sueño. Yo creía que aquella visión era sólo mia Ella dijo: no estaba Y te lanzó una mirada de lástima y consuelo infinito. es que aún no te has dado cuenta que no era un solo sueño , era el sueño de todos los que anhelamos algo diferente Y no había acabado de decirlo cuando te diste cuenta que estaba llorando, no reconocías ese sentimiento desconocido que te inundaba y bajo esos efectos tus ojos la redescubrían mas hermosa que nunca. En ese momento tus ojos fueron abiertos y por primera vez te diste cuenta que los dos estaban desnudos y un escalofrío se apoderó de todo tu ser . Ella también entendió que habían sido vaciados, que sus ojos ahora observaban cosas que antes no podían distinguir y aseveró: debes tenerlo Perplejo preguntaste: sentenció. tengo miedo mentiste, que pasa es que jamás hubiera imaginado verte así, como Eva en el paraíso, pensé que esas historias sólo eran fábulas, y dime a qué hora aparecerá la serpiente? Y antes que cayeras en la cuenta de que tus palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil frente a un versículo que había descubierto en aquel libro e intentó confirmar su hallazgo: sigue diciéndome como se te mostró a ti Guardó silencio un instante. La posición de las manos sobre el libro varió levemente. Tu dijiste: no te he dicho nada de el, has sido tú la que estaba describiéndolo Y ella dijo: en tu sueño también sus pies se asemejaban al bronce bruñido, refulgiendo como en un horno Acercó  su rostro al libro, casi tocándolo con la punta de su nariz. y su voz resonaba como estruendo de muchas aguas dijiste. Y ella interrogó: tenía en su diestra? estrellas contestaste sin vacilar. Ella frunció el ceño.

     Tres

 

 Eres y no John Mario de la Concordia, el hombre de sus sueños, por el día, buen hijo, excelente esposo, envidiable amigo y alumno eterno de la Facultad de Teología de la Universidad Libre, así como poeta. Por las noches: Soñador. Despiertas y como siempre, en ese segundo abismático, no recuerda quién es, dónde está, qué ha pasado con ese lugar en el que se encontraba hace unos instantes. Lucha por visualizar su penúltimo movimiento, el de la huída. Intenta recuperar lo que cree fue el sonido continuo e incierto de una cucharita que, en el otro extremo, alguien dejó caer al piso por casualidad, pero en su memoria no existe movimiento alguno, escena ni situación que evocar, aunque fragmentos nebulosos, palabras no dichas, desconocidos misterios, le dan la idea de una atmósfera celeste que denota paz, serenidad; presume entonces saciedad, aguas de reposo, delicados pastos; Mis ojos en su desesperación inventan el arco iris más bello del mundo. Los rayos del Sol se introducen por la ventana, radiantes, poderosos, provocando ceguera y fastidio. Nuestra habitación simula un campo de batalla, la observo con los ojos achinados, legañosos, y no reconozco el color crema de sus paredes; los mensajes inciertos de los afiches a ambos lados de mi ropero no me dicen nada; descubro con asombro, bolígrafos cansados, libros regados por la alfombra del suelo. En el velador, a mi costado derecho, un despertador sigue anunciando mi tardanza. Deberías de tener frío porque te das cuenta que tus sábanas se han rodado por la parte de abajo; acurrucado, piel de gallina, casi niño en posición fetal, te sorprendes en el reflejo del espejo de aquel ropero repleto de ropas que te está mirando; de todas las maneras intenta hacerte recordar que eres tú el que está tirado en aquella cama. Cierras los ojos, al percatarte que aquel cristal empieza a crecer, tomando toda la habitación, distingues miles de reflejos de ti mismo, y en todos te ves diferente, niño fetal, la piel de gallina crece, te consume, abres los ojos y notas que ese reflejo es opaco y que todo empieza a circular ante ti manifestándote el mareo, nuevamente cierras el mundo y nada, no llega nada a calmar ese desasosiego que produce la ignorancia, ese vacío, esa negrura, esa embriaguez que trata de poseerte pero que no lo logra ni con sus reflejos ni con su piel de gallina de feto insomne que ahora reacciona y vuelve a intentar el ayer. Es una escena, borrosa e incompleta y frágil, la que viene a tu memoria. La recuerda y no, va visualizando fragmentos incompletos, cristales rotos en el firmamento; llegan a su memoria millones de rostros ebrios, no logra enfocar ninguno; acaso le encuentra similitud con la palabra que a veces tiene en la punta de la lengua y que nunca aparece, para salvar la frase dislocada, por el caprichoso embuste de la memoria. Es la misma escena frágil e incompleta y borrosa que como todas las otras, golpea su realidad de recién casado por las mañanas. Intento pero no puedo devolverle a la indefinición de mi recuerdo, firmeza e imagen y objetividad. La memoria me las juega al comprobarme a mi mismo que soy yo y que estoy en mi habitación, de regreso, de no sé que acontecimiento, quizás de alguna escena maravillosa en algún país exótico, quizás, escenas de otros mundos, o quizás simplemente formalidades de alguna habitación desordenada y fría como la mia. Entonces te llega ese instante, ese segundo abismático donde uno se encuentra a si mismo, reconoces los afiches revolucionarios del perdón y del amor al prójimo, que trajo Julita tu esposa, tu viejo ropero empotrado, tus bolígrafos regados por la alfombra del suelo y sueltas un grito mudo, nooooooooo, y te revuelcas en la misma cama donde revolcabas tu niñez, llevándote las dos manos a la frente, protestando con impotencia, con la certeza de que no te queda tiempo para reintentar el recuerdo. Sabe que dentro de media hora debe de bajar a desayunar, y nuevamente, con el semblante oscurecido por una niebla amarga, reconoce que es el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado. Y que su estrategia de escribir un poema como señuelo no estaba funcionando, ya que al igual que no recordaba nada del sueño, tampoco venía a su memoria ni un solo verso que hubiera podido escribir ahí adentro. Entonces inicio mi ritual de vida. Me levanto de la cama como sonámbulo, embriagado de una fuerza desconocida, camino sin mirar, después de tropezar con todo tipo de obstáculos entro a la ducha, abro el agua fría y reacciono, sin buscarlo he reactivado el arco iris, la estrategia, entonces esperas, y mis labios llenos de sueño se refrescan con la gramática ineludible del amor, el agua estremece su piel, recordando que ayer se hizo desnuda luz, el frío sorprende tus membranas a la fuerza, nadie puede negarlo, tampoco tú, la ducha ahora es un enorme faro mental, cierro el caño del agua sin apagar la luz que guía mi ceguera y das un brinco hacia tu escritorio, quieres escribir porque has entendido que una vez mas te doblega , aparece la palabra escondida, la frase, el poema, la imagen de ese rostro desconocido que reconozco, y te asustas de tus propios sentimientos, apuntas velozmente en cualquier parte, primero utilizo la portada de una revista,  esa miel elemental,  después el lomo de un libro, como indescifrable viento, y por último sobre mi piel, en un brazo, en el otro, en el muslo izquierdo, que produce tu alma. La indefinida escena se hace viva, aquella silueta espiritual está leyendo un libro grueso, libro que reconoces pero que me niego a aceptar, no, no puede ser el libro que ayer le regalaron a Julita, no que va, se parecen, pero no es, sería imposible, el libro aquel forma parte de un sueño y el libro de mi mujer es real aunque ella, cansadísima, te dijo que se lo habian regalado en un barrio extraño con el mensaje de que alguien lo enviaba desde el cielo para ti, rendida por la curiosidad la silueta no para de escudriñar en sus páginas, te atemorizas porque la alocada mirada viene de pronto contra él,  como el vómito, puedo visualizar una secuencia de imágenes que no entiendo, una habitación opaca, fría, y la madeja de palabras empieza a brotar y a completar el rompecabezas que se había escondido por un momento indefinible en alguna parte de mi memoria y que ahora al transcribir aquellos versos estoy seguro que ya nunca más volverá a jugarte una mala pasada: “ Asi, gramática idónea !eres tú!â€Ý.   

Cuatro 

 

TRANSPIRAS, es de día, en Sundoro la primavera ha renacido esta temporada, como los labios, foráneos e impúberes y violentos, de aquella desconocida silueta, que en tu último sueño invernal intentó devorarte con su incandescencia, y que sin saber por qué tú besabas con pasión enfermiza, y que sin razón ni lógica alguna tú buscabas como ciego concupiscente que torpemente imagina e intuye y ansía unos pechos aladinezcos para sojuzgarlos, huyendo, mordiendo, palpando, en la oscuridad, esos labios que sin razón ni lógica alguna te besaban con su fuego innato, y que sin saber por qué te buscaban para entregarte sus pechos firmes e insinuantes y ciegos, huyendo, mordiendo, palpando, devorando en la oscuridad de tu sueño, aquellos labios que sin convicción ni destreza tú ofrecías para el sacrificio.  Te das cuenta que ha renacido porque lo anuncia la  hilarante sinfonía de los pájaros que todos los jueves de primavera, como hoy, abren nuestros ojos a la fuerza y porque de todas maneras te encuentras transpirando, resignado a tu respiración cansada, y aún así, sin aliento, débil, terco, te cazaré, no te me escaparás, hoy no podrás hacerlo, sin respetar los cánones de la creación diaria, avanzas semidesnudo pisoteando las calles, mascullando palabras entrecortadas e indefinibles y delirantes con la desesperante intuición de un loco, y estás desesperado porque tienes la seguridad insana de que esta vez no es  un sueño. Corres por aquella avenida persiguiendo a una sombra que cada vez que llegas al filo de una calle voltea sin que puedas alcanzarla ni reconocerla. Es una mujer, de eso estás seguro, pero no tienes ni la más remota idea de por qué corres tras de ella. La ciudad bulliciosa ha apagado sus voces, sus gestos, sus ruidos, sus alarmas, y se deja perseguir, sin inmutarse, por un perseguido con cara de loco y semidesnudo que corre, por sus calles, intentando alcanzar a la nada. Esta carrera  te ha convertido en eso sin darte cuenta, persigues a una sombra, sabiendo que al alcanzarla te hará su reo, y esta vez no podrás despertarte porque estarás despierto. Estarás en la realidad, en la vida cotidiana, aquí no habrá almohada que voltear, ni te salvará el sonido de miles de cucharitas que caen de repente al piso, aquí no existen las opciones que existen en ese vacío que llamas sueño, salvo detenerte, parar el mundo y bajarte de la realidad así a la volada, como cuando nos lanzamos de improviso de un autobús para no pagar el pasaje, así de repente deberías de parar, tomar aliento, calmarte, recordar, definir. En tu definición, las calles de Sundoro te rodeaban peligrosamente, tu respiración entrecortada te llevo hasta el extremo de pensar en un hipotético final, que pasaría si supieras que después de terminar esta carrera, mejor dicho después de cazar a esta mujer desconocida, te llegase la muerte, que pasaría. Imprevistamente llega a tu mente que no has enviado la carta a tu madre por su cumpleaños, y que te enfrentas a tu última carta y a tu madre y eso te descontrola, ruegas  a no sabes quien que te de un poco mas de tiempo para terminar con las cosas pendientes. Recibes por respuesta un no que sale desde el fondo de tu conciencia y te turbas mas, quieres acelerar el paso, pero estas exhausto, no puedes dar mas velocidad a tus pasos medio muertos ya, te acuerdas del sueño de anoche y de aquel beso que casi te mata antes de tiempo y sonríes, pero la realidad te lanza de nuevo al desespero y aceleras el paso para alcanzarla, después debes llegar a casa, debes llegar a casa y coger la carta aún incompleta no importa, colocarla en el buzón y descansar, después debes de llamar a la oficina decirle adiós a cuchita y a Hernán y al pollo loco, ese muchacho que siempre te había tratado bien desde que llegaste, aquel que el primer día de trabajo te entrego su complicidad, y el poema, si el poema que le habías entregado a Julita,la mujer con la cual creías que nunca habías soñado y con quien te habías casado, aquel jueves de hace una semana cuando por fin dejaste que el amor te inundara, dejaste de soñar y le escribiste el primer y último poema, pero se iba a quedar incompleto el libro, pues estabas a punto de morir y aún no lo habías terminado y lo peor no se lo habías entregado completo, mejor no llamarías a la oficina, sino que ese tiempo lo aprovecharías para completar el libro y llevárselo personalmente a su oficina, se lo merecía, por todo el tiempo que había compartido contigo, por sus caricias y por, piensas, no será quizás esa boca, la que deseaba devorarte, la de julita, no entendías, pero de improviso también se te vino a la mente la boca de aquella desconocida que en todas las paredes escribía esos mensajes tan raros, pero no, porque si ni siquiera le habías visto la boca, ella era solo una sombra que huía, una sombra que debía alcanzar. Bueno había que apurarse porque estabas para morirte y contra eso no había remedio ni pastilla que aminore el tiempo, que alargue la dicha de unos minutos mas, no, no existía antídoto, nada, salvo, pensó, pensó y dijo si, eso es, si estoy dormido la muerte no podrá cogerme, porque aunque lo haga estaré vivo en otra parte, y la muerte no habrá sido completa, pero ah, que feo sería despertar y encontrar que estás muerto, jo, y si quizás por esas circunstancias de la vida o de la muerte ya no puedes volver al sueño, si quizás la puerta ya no se abría nuevamente, porque siempre había viajado de la vida al sueño, y regresaba a la vida cuando volteaba la almohada de casualidad o cuando una cucharita se caía de improviso en cualquier desayuno, pero nunca había vuelto y se había encontrado con que estaría muerto, que pasaría entonces, podría volver, no, mejor no, mejor me duermo, sueño e intento no volver nunca, y si no muero, y si no muero, que seria, me quedaría para siempre en un sueño, en esos lugares inmóviles, quietos, donde no sucede nada, donde no estaría Julita. No, ahí no se podría vivir. Piensa y decide no dormir, pero debe terminar el poema, debe seguir, debe tomar un atajo y se siente cansado para todo eso, y entonces decide parar, pero no desea dormirse, no sabe que si duerme la muerte no lo va a poder atacar, no sabe, no esta seguro, quizás sin darse cuenta a encontrado el antídoto a la muerte, la postergación de la vida, pero se turba y se detiene como un inocente que no quiere saber nada de nada.Entonces te detuviste. Respiraste profundamente tres veces, exhalando el aire, tus pulmones sienten alivio, y buscando una respuesta te preguntaste: qué estoy persiguiendo a esta silueta? Recordaste un aroma conocido en aquella bifurcación del Jirón de la Unión y al levantar la mirada te encontraste con la misma frase que aquella mujer escribía en todas  las paredes de Sundoro, y ella al descubrir tu presencia, tu intromisión, empezó a huir para no dar explicaciones de su actividad proselitista, y tú sin razón ni lógica alguna iniciaste la persecución, sin método, sin definición, como un ladrón descubierto, pues perseguías sin entender que realmente eras perseguido  y por eso transpirabas, y te sentías confundido e insatisfecho y derrotado, con la ineludible certeza de que ese día no la alcanzarías, ni con tus ojos de loco, ni porque había llegado la primavera, ni con las ganas que tienes todos los jueves muy temprano de buscar algo que no sabes qué es en la ciudad. Sino simple y llanamente porque no había llegado el momento de que reconocieras su mirada.

 

 José Antonio Contreras

Lauderhill, Marzo del 2007

joseantoniocontreras@iciber.o rg

 

*La Nueva Literatura Cristiana es producto de la fuerza del Espíritu. Nosotros los escritores de este nuevo siglo, en comparación de los escritores del mundo no escribimos por un mandato de "demonios", como lo anuncian y declaran aquellos, sino por la fuerza y la conviccion de la fe. Si deseas publicar algún relato cristiano en este Blogs no dudes en enviarlo a mi email y si deseas comentar nuestra manera de escribir tambien te agradeceriamos tu comentario.

















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