ESA OCULTA DEBILIDAD (Dante Gebel)
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By:
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cheika
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Mood:
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no se
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Date:
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10/13/2008 06:39:22
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Music:
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None
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ESA OCULTA DEBILIDAD (Dante Gebel) Aún
recuerdo la primera vez que sucedió. Fue en un congreso de líderes en
la bella Sydney, Australia. La reunión era avivamiento puro o, al
menos, lo parecía. Mi tarea era predicar un sermón alentador y culminar
el servicio. La gente movía ampulosamente las manos y no paraban de
saltar, mientras que los músicos entonaban melodías increíbles; la
alabanza australiana realmente es enriquecedora. Los ministros que
estaban a cargo de la reunión, preguntaban una y otra vez si estaban
dispuestos a conquistar el país, mientras que la multitud no paraba de
gritar eufóricamente. ¿Eres un predicador?, entonces debes saber
lo que yo sentía en ese entonces. Es más fácil predicarles a un grupo
de gente moribunda que tratar de sorprender con una palabra fresca a
gente que pareciera tenerlo todo. Los jóvenes no paraban de bailar y
saltar entre las butacas del enorme edificio. Los más viejos, sin
excepción, movían unos ruidosos panderos por toda la congregación. Era,
lo que llamo, un servicio ensordecedor. O cantas y gritas o te vas, no
puedes mantenerte en la mitad. Mi pregunta era cuál sería el
mensaje que debía darles. Esa gente estaba a dos centímetros del suelo.
Durante la última canción, cambié mis bosquejos, y me dispuse a darles
un sermón de aliento, algo acerca deconquista o victoria, o algo así. Cuando
al fin todos se sentaron, algo comenzó a ocurrir. Mientras que el
público me miraba esperando que saludara, yo podía sentir al Espíritu
de Dios que me susurraba: «Háblales de mi gracia». Tuve
una lucha espiritual intensa. Obviamente, Dios debió haber estado
ocupado en alguna gran cruzada con Billy Graham, llegó tarde a la
reunión y es por eso que no conoce demasiado a esta gente. Yo sí estuve
todo el servicio. Estos australianos viven un avivamiento. Quieren que
alguien les hable acerca de lo que viene por delante, de ministerios,
de dones. Ellos ya están perdonados, son algo más que ovejas, son
líderes de primera línea. «Háblales de que mi gracia es abundante para ellos», insistió.Y fue entonces cuando ocurrió. No lo hubiese hecho, de no ser porque sabía que Dios estaba detrás del asunto. «Quiero
que los que tienen una intensa lucha con un estúpido hábito oculto, lo
confiesen esta noche», dije, «me refiero a ese “gigante” que te
abofetea en la intimidad. Nadie lo sospecha, ni siquiera lo sabe tu
esposa, tus padres, ni tu mejor amigo, pero estás consciente de que ese
“hábito” escondido está arruinando tu unción». El silencio en el edificio era demoledor. «Sabes
que deberías tener un ministerio ungido, pero te conformas con mucho
menos, por culpa de esa debilidad que no te da tregua. No importa cuán
santo parezcas, si sabes que ese hábito hace que tu unción no sea
pura». Dios sabe que no fueron muchas más palabras, cuando alguien
irrumpió en un seco sollozo entre la multitud. «Quiero que todos
cierren los ojos», supliqué, «y necesito que aun los que estén grabando
apaguen sus cámaras, no quiero que sientas vergüenza. Quiero pedirte
que si reconoces que un estúpido hábito te está amarrando al pasado e
hipotecando tu futuro, levantes tu mano». Algunas manos, tal vez diez o doce, se levantaron con timidez. «Sé más específico», me dijo el Espíritu con una voz clara. «Los
que no pueden abandonar la masturbación compulsiva. Los que están
atados a la pornografía por internet, revistas o cualquiera de sus
formas. Los que amanecen en la cama ajena virtualmente, engañando a sus
esposas en su mente. Los que anhelan que su mujer se muera, en
algún accidente repentino, para enviudar y casarse con otra dama que ya
tienen en mente. Los que se sienten invadidos sin piedad por
pensamientos impuros, llenos de lujuria. Los que se han permitido caricias íntimas y genitales con sus novias. Los que luchan con pensamientos de homosexualidad». Ahora
todo el recinto estaba lleno de manos. Los líderes, los colaboradores y
los que hasta hace un momento estaban dispuestos a conquistar la
nación. Allí estaban, llorando amargamente, hartos de pedir perdón por
el mismo pecado crónico. La primera vez que pecas, te tiras ante
la presencia de Dios y suplicas piedad, ruegas que la sangre de Cristo
te haga limpio, puro otra vez. La segunda, consideras que es necesario
prometer algo, decir alguna frase como «Prometo que jamás lo volveré a
hacer», «Nunca jamás consumiré pornografía o acariciaré esos asquerosos
pensamientos». La tercera vez, te autoimpones un castigo, algo que te
duela, para demostrarle a Dios que ahora va en serio: «Voy a quitar el
servicio de cable del televisor» o «Volveré al correo tradicional, ni
siquiera usaré el e-mail, para no tentarme a navegar en sitios sucios»
o «Dejaré a mi novio aunque sienta que lo ame». La
cuarta vez, ya no quieres ir. Ahora sí, sientes que tu vida es un
fraude. Y te sientas a los pies de la cama, a dialogar con Satanás. «Ahora
si la hiciste fea. Hasta Dios tiene sus límites. Una cosa es
equivocarse una vez, dos y tal vez hasta tres. Pero ya has perdido la
cuenta». Y dices: «Creo que Dios está harto de verme fracasar». «No
lo dudes», responde quien desea verte arruinado. «Tienes un problema,
una debilidad, un horrible y repugnante pecado que te deja fuera de la
liga. La masturbación es tu kriptonita, te está destruyendo. En tu
lugar, me distanciaría de las cosas santas, que obviamente no son para
tipos como tú». Y es entonces cuando se produce el
contrasentido, lo ilógico. Pospones orar hasta arreglar tu debilidad
primero. Dejas de lado la consagración porque te sientes indigno,
sucio. No te involucras porque consideras que has traspasado todos los
límites del perdón. Y te convences de que no naciste para ser campeón.
El hábito logró dejarte en la lona. A mitad de camino, postrado en la
pista. Hice una última pregunta aquella vez en Sydney: «¿Cuántos
sienten como si Dios ya no quisiera perdonarlos? Creo que todos,
absolutamente, levantaron sus manos temblorosas. Los mismos que
parecían vivir una panacea de avivamiento, ahora confesaban sentirse
indignos del Señor. No quiero que me malinterpretes, no trato de
hacer apología del pecado. Me considero uno de los mayores defensores
de la santidad. Durante años solo me dediqué a predicar acerca de la
integridad. Nuestras cruzadas han tenido como lema proclamar una
generación santa. Pero la santidad sin gracia solo es legalismo. Esos
miles de líderes se equivocaron tanto, convivieron con la debilidad a
tal punto, que llegaron a creer que Dios ya no estaba dispuesto ni
siquiera a oírlos. Es que el hábito oculto tiene la singularidad de
colocarte a la puerta del templo, como el cojo que pedía limosna en el
templo de la Hermosa. Tienes
un área coja que te impide caminar. Tu vida de oración se reduce a la
raquítica tarea de hilvanar dos o tres frases sin sentido antes de
quedarte dormido. Tu comunión con el Señor es nula. Estás a la puerta,
sabes todo lo que pasa dentro de la iglesia, pero también sabes todo lo
que ocurre afuera. Vives en la mitad, como un cristiano nominal. Sabes
demasiado como para considerarte un inconverso... pero no lo suficiente
como para ser un santo. Vives en santidad un poco... pero también pecas
un poquito. Alabas al Señor y también maldices otro poco. Levantas tu
vista al cielo a veces, pero tus ojos son vagabundos en algunas
ocasiones. Cojo del alma. Minusválido espiritual. Lisiado
ministerial. Paralítico del corazón a causa de un estúpido hábito
oculto. Y la horrible sensación de que Dios ya no te quiere recibir. «Lo
siento», pareciera excusarse un ángel, «le dije a Dios que vino a
verlo, pero me dice que no puede recibirlo, usted es demasiado inmundo
para presentarse aquí». Lo oculto arruinando lo público. Pero
cuando el arrepentimiento es genuino, el error desaparece del disco
rígido de la computadora eterna. Ni siquiera figura en «elementos
eliminados». Dios se olvidó. Y olvidó que se olvidó. El expediente fue
borrado. Aún recuerdo algunas expresiones en los rostros de aquellos
líderes en Sydney. Fue la primera vez que prediqué acerca de la gracia
y desde aquel entonces, no he dejado de mencionarla. Cuando creían que
ya estaban fuera de las grandes ligas, alguien volvía a creer en ellos.
Manos temblorosas de grandes campeones, que se negaban a subir al
cuadrilátero por considerarse lisiados. El milagro de la gracia tapando
los huecos oscuros del alma. Los rincones tenebrosos de la intimidad
sacudidos por la luz de la nueva oportunidad. Dios, otra vez, dispuesto
a perdonarlos, diciéndoles que su gracia era abundante para ellos. La mentira, engaño, el adulterio. La cama ajena, pensamientos impuros, los ojos desenfrenados. No
importa el nombre del delito, el secreto es que si para encontrarse con
el paraíso, hay que ir a la cruz, vale la pena pasar por allí otra vez. Dante Gebel Adaptado de “El código del Campeón” (Editorial Vida)
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