Dicen que en un vuelo internacional que partía de Johannesburgo, un
negro bantú se sentó al lado de una elegante mujer blanca surafricana.
Indignada, la mujer llamó a la azafata para quejarse.
—¿En qué puedo servirle, señora? —preguntó la azafata.
—¿Es que no se da cuenta? Su aerolínea me ha sentado al lado de un
bantú. No soporto viajar junto a este repugnante negro. ¡Búsqueme otro
asiento!
—Cálmese, por favor, señora —le respondió la azafata—. Este vuelo está
repleto, pero voy a ver si hay algún otro asiento disponible.
Ante esto la altanera mujer miró con desprecio al negro, y a su vez fue
objeto de la mirada acusadora de los pasajeros testigos del incidente.
A los pocos minutos regresó la azafata.
—Señora, tal como sospechaba, lamentablemente está llena toda esta
sección en clase turista, pero nos queda un asiento en primera clase.
La altiva pasajera miró con petulancia y autosuficiencia a los demás
pasajeros, pero antes de que pudiera decir nada, la azafata continuó:
—Un cambio como este a primera clase es realmente excepcional, así que
fue necesario que el capitán mismo lo concediera. Dadas las
circunstancias, el capitán consideró intolerable que una persona se
viera obligada a sentarse al lado de otra tan detestable.
Dicho esto, la azafata se dirigió al negro y le dijo:
—Disculpe, señor, tenga la bondad de tomar su equipaje de mano y acompañarme al frente, donde le tengo el asiento reservado.
Manifestando su aprobación, los pasajeros que fueron testigos del
suceso aplaudieron a su compañero de vuelo mientras éste se dirigía a
primera clase para acomodarse en su merecido asiento. 1
Con semejante actitud llevada a la práctica, cualquier empresa o
compañía en la actualidad se anotaría un triunfo en las relaciones
públicas, así como se cuenta que sucedió con aquella aerolínea. Lo
cierto es que los demás podrán olvidar lo que decimos y lo que hacemos,
pero jamás olvidarán la manera como los tratamos.
Es irónico que a pesar de lo anticuada que muchos consideran a la
Biblia, es el libro que, más que ningún otro, fomenta la equidad y la
justicia. A San Pablo le preocupaba que todos nosotros tuviéramos «con
qué responder a los que se dejan llevar por las apariencias y no por lo
que hay dentro del corazón», 2 así como respondió el capitán de la
aerolínea de nuestra anécdota. El apóstol sabía que Dios no juzga por
las apariencias 3 sino con justicia, así como su Hijo Jesucristo nos
exhortó a que hiciéramos. 4
¡Qué hermoso sería este mundo si le hiciéramos caso a Cristo con
relación a la regla de oro que nos dejó como parte de su legado, es
decir, si tratáramos a los demás tal y como quisiéramos que nos
trataran a nosotros. 5 Esa regla sencilla y sensata es la receta divina
para purgar todo prejuicio racial humano.
1 ; ; «The Presbyterian Outlook», 5 oct 1998, p. 2.
2 2Co 5:12
3 Gá 2:6
4 Jn 7:24
5 Mt 7:12