Armando un dios a la medida de los argentinos

Seremos medidos con la misma vara con la que medimos. (La Biblia)

La sorpresiva partida del astro del fútbol mundial despertó toda clase de sentimientos encontrados. Nadie quiso que el sol se ocultara sin emitir su opinión. Desde los periodistas más encumbrados, hasta los “influencers” más novatos de las redes sociales, todos dieron a conocer sus reacciones, tan pronto como fueron enterándose de la fatalidad. Dejemos por un momento a un lado a Maradona y hagamos un examen introspectivo, porque como sociedad, somos parte de este luto, nos guste o no. La reacción en cadena que produjo el fallecimiento del deportista, desnuda la necesidad del ser humano de tener un Ser Supremo en quien depositar sus ansias de felicidad, en especial en el culto argentino. Y como si esto fuera poco, aparece el mal personificado en un gobierno, que con tal de obtener un rédito político, cual Satanás, se abre paso entre el dolor de la gente, para ofrecer ese “dios”, a cambio de reconocimiento.

Por Damián Sileo / Alex Valdovinos

La muerte de Diego Armando Maradona, conmovió a la sociedad argentina.

Falleció Diego Maradona. Aquél que nos deslumbró con la pelota atada a su zurda. El “Diego” regó con su talento el césped verde de cada estadio en que pisó. Por su causa, hoy las redes sociales son un medio de catarsis. Podemos oír a la gente vociferando lo primero que se le cruza por la mente, en especial, aquellas cosas que nos afectan a todos.

Se dice que la muerte es algo que une a la gente. Pero en un país tan agrietado como Argentina, somos la excepción a la regla. La muerte de Maradona pone de manifiesto los grandes males que oculta la sociedad argentina.

La parcialidad en las opiniones, la idolatría a los santos que no pasan de ser meros mortales, la hipocresía al medir con distintas varas situaciones idénticas, la ineptitud disfrazada de planes sociales y esa guerra permanente  contra cualquiera que no opina como uno.

Y como la frutilla del helado, el oportunismo político, que pretende derrotar a sus adversarios capitalizando a su favor el sufrimiento de las multitudes que solo piensan en sobrevivir. Alimentan al pueblo con pedazos de pan y agua servidos en bandeja, y cual circo del Imperio Romano, ofrecen a la multitud desenfrenada al dios gladiador del balompié, como símbolo de unidad  y objeto de adoración.

Maradona somos todos

Que Maradona fue un jugador mágico, no cabe ninguna duda.

Ayer y hoy, las redes estuvieron “infumables”. La carencia de sentido común en muchísimos posteos fue notoria. Por supuesto, hubo honrosas excepciones en escritos que realmente trataron de llevar un poco de coherencia a esta marejada de desatinos. Pero, como suele suceder, fueron los menos leídos y menos comentados.

Que Maradona fue un jugador mágico, no cabe ninguna duda. Quienes tuvimos el placer de disfrutarlo en los ’80 y parte de los ’90, damos fe de ello. Que fue un ser controversial, tampoco es ningún descubrimiento. Maradona fue una persona llena de contradicciones, como lo somos nosotros. Aunque no lo veamos o no queramos reconocerlo. Su vida privada tampoco deja demasiados argumentos como para esgrimir una defensa. Pero, ¿quién de nosotros puede arrojar la primera piedra?

El foco de mi reflexión no es Maradona. Porque en algún punto, Maradona somos todos. Todos tenemos algo de ese ser lleno de contradicciones. Entonces, debiéramos tener cierto reparo a la hora de hablar de la persona. Porque, tal como dijo Jesús, con la misma vara que medimos, nos medirán a nosotros (Mateo 7:2), y así quedarán expuestas nuestras miserias.

Entonces, quiero correr de la escena al 10, para ponernos a nosotros como sociedad que merece (bah, que necesita urgente) un examen introspectivo. Y en un gobierno que, lejos de solucionar los verdaderos problemas de los argentinos, alienta al pueblo a poner sus ojos en un “dios humano”, armado a su medida a fin de mantenerlos inconscientes de la decadencia en la que están sumidos.

Fuimos parte de su entorno

Siempre se juzgó al entorno de Diego como algo que le hizo mucho mal durante toda su existencia. El “sidieguismo” de los obsecuentes de turno contribuyó para que “el Diego de la gente” se sintiera ese dios que le hicieron creer que era.

Pero, a la distancia, ¿cuántos de los que idolatran a Maradona no son parte también de ese entorno que tanto critican? ¿Cuántos lo idolatran por el solo hecho de ser Maradona? Y pregunto esto porque, haciendo un análisis de todas las respuestas que se leen acerca del por qué de tanta devoción, la respuesta más común es: “porque nos dio una alegría en el ‘86”.

Me queda flotando el interrogante: si Maradona no levantaba la Copa en ese Mundial, ¿hubiera sido el mismo nivel de devoción? En el fondo, ese grado de idolatría, ¿no desnuda nuestro egoísmo? (“es el mejor porque nos dio una alegría”).

Si criticamos a su entorno más próximo como el causante de los males de Maradona, también debemos medir y criticar la sociedad, porque promovió ese entorno, haciendo de él un “dios efímero”, aunque era un simple mortal.

Oportunismo político y miradas parciales

La gente chocó con la Policía cuando advirtieron que no podían ver el féretro de Maradona, pese a la larga espera afuera de la Casa Rosada. (AP)

Por último, y lo más execrable de todo, la utilización política que se le dio a su muerte. El oportunismo de un gobierno que, para contrarrestar los efectos de la ineficiencia demostrada durante su primer año de gestión, decidió ir en contra de todo lo que se nos pidió que hiciésemos en este tiempo de pandemia.

De esta manera se confirmó la sospecha de que vivimos confinados en una mentira durante casi un año. Por supuesto, no se busca ningunear un virus que se llevó a miles. Pero está claro que hay una perversa maniobra política que nos llena de interrogantes:

¿Era necesario decretar tres días de duelo por la muerte de un deportista, por más popular que haya sido? ¿Se justifica parar la agenda presidencial en medio de la crisis que vivimos? ¿Era inevitable no sesionar en el Congreso ese día?

Los tributos a Maradona se repiten en varios puntos de Argentina.

¿Estamos ante un virus selectivo, que ataca en ciertas aglomeraciones de gente –especialmente cuando la protesta es contra el gobierno–, pero en otras no, cuando el gobierno las promueve? ¿Cómo se les explica a los familiares de los 37.000 muertos por COVID –sin contar al resto de los que murieron por otras causas– que no pudieron dar su último adiós a sus seres queridos?

Otra vez, Maradona no tiene la culpa de esto. Es nuestra sociedad, que está hipnotizada y cautiva de un sistema perverso, en el cual, para no perder las dádivas, están obligados a vender sus almas a quienes no son la solución para los problemas de la Argentina.

La gente se abrazaba y lloraba a su ídolo.

De esta manera, al quitarle la dignidad al ser humano, la casta política gobernante se perpetúa en el poder, manteniendo al pueblo bajo una estricta dieta compuesta por pan y circo.

Les prometieron asado del bueno, pero les enviaron unas pocas cajas de polenta. Y para distraerlos de las promesas rotas, de la falta de fe y del hambre atroz que provocan sus políticas, les ofrecieron falsas esperanzas, armando de la noche a la mañana un dios a la medida de su inoperancia, a quien puedan rogar por una alegría más, aunque sea momentánea.

En este juego de la grieta, el poder político es el que siempre se beneficia a expensas de un pueblo que, según del lado del mostrador en el que esté, va a opinar de la manera más conveniente. Justificando los desatinos si son afines al gobierno. Y criticando a mansalva si están en la vereda opuesta. Otra vez, midiendo con distintas varas…

Nos quedarnos con el recuerdo de aquéllas jugadas mágicas, de las gambetas indescifrables y de los goles asombrosos que nos regaló.

El amor y la verdad, van de la mano

Si realmente lo que sentíamos por Maradona era amor, no hubiéramos pretendido a creer o hacerle creer a él algo que no es. Si amábamos al 10, no le hubiésemos dicho a todo que “sí”. Aún aquellos caprichos más aniñados.

Si el amor era lo que nos unía al Diegote, se lo hubiésemos expresado sin hacer mención alguna de aquellos logros que “nos dieron una alegría”,  porque eso es lo que hacen los idólatras. El verdadero amor no tiene un “porque”.

Ojalá podamos reflexionar sobre esto. Quedarnos con el recuerdo de aquéllas jugadas mágicas, de las gambetas indescifrables y de los goles asombrosos que nos regaló, y no permitir que su legado como deportista sea utilizado para cualquier otra cosa.

Existe un Dios con mayúsculas, el único que vale la pena buscar y ser hallado. ¿Buscamos a alguien a quien exaltar y adorar por haber hecho algo realmente magnífico? Te presentamos a Jesús, el que dio Su vida para salvarte, sin pedir nada a cambio, solo tu corazón.

Aún estás a tiempo.

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