Cuenta la Biblia que Jesús, luego de la última cena, se retiró a orar al monte de los Olivos, y antes de alejarse de sus discípulos les pidió que lo acompañen en oración. En esa oración, entre otras cosas, Jesús pide al Padre que sus discípulos y todos los que se acerquen a través de ellos, sean uno y que el amor del Padre hacia Jesús, esté también en ellos. Al regresar de orar, Jesús se encuentra con los discípulos durmiendo. No estaban orando, ¡estaban durmiendo!

¿Te sentís identificado? Yo sí.

De repente aparece Judas con el grupo que venía a arrestar a Jesús, y en un arrebato, Pedro saca su espada y le corta la oreja derecha a Malco, el siervo del Sumo Sacerdote. Jesús, luego de amonestar a Pedro, toca la oreja de Malco y lo sana.

¿Qué hubieses hecho en lugar de Pedro? ¿Le hubieses cortado la oreja? Yo creo que en su lugar le cortaba la cabeza también. ¿Cómo va a meterse con mi Maestro? ¿Quién se piensa que es? ¡Si tocan a Jesús delante mío, se pudre!

La Biblia, a través de varios pasajes, nos permite conocer a Pedro, un pescador sin estudios, por momentos torpe, temperamental, cabeza dura, pero también sencillo, generoso, compañero, FIEL. Y digo fiel porque a pesar de la negación pronta a suceder, es llamativo que la Biblia relata que Pedro siguió a Jesús, ya arrestado, hasta el patio donde el sumo sacerdote interrogó a nuestro Salvador, cumpliendo en parte con su palabra, cuando le dijo a Jesús “estoy dispuesto a ir contigo hasta la muerte”.

Me llama la atención también que ese Pedro temperamental y cabeza dura fue el que afirmó que Jesús era el Hijo de Dios, y Jesús le respondió que sobre esa declaración edificará Su iglesia.

Me llama la atención, también, que ese Pedro temperamental y cabeza dura fue el que afirmó que Jesús era el Hijo de Dios, y Jesús le respondió que sobre esa declaración edificará Su iglesia.

Y voy a decir algo que tal vez moleste, incomode, pero lo hago con autocrítica; este palo también es para mí. Como iglesia, solemos ser como Pedro: temperamentales (se pudre todo con el que ataca a Jesús), por momentos somos falsos (negamos a Jesús para “encajar”), y muchas veces, como Pedro, ante el ataque hacia Jesús, sacamos la espada (la Palabra) y la usamos para lastimar.

Y casualmente, cuando esto ocurre, venimos de estar dormidos en la oración, ¡como Pedro! Y ahí vamos, cortando orejas, quitando a la gente la oportunidad de escuchar.

¿Te resulta familiar? A mí sí, como dije antes, ¡este palo también es para mí! Muchas veces me escudé en la Palabra para herir a otros, y otras veces me hirieron con la Palabra, y no podía seguir escuchando, no quería seguir escuchando, estaba herido. Y en ambos casos, cuando yo herí y cuando me hirieron, vino Jesús a sanarme, porque Jesús sana lo que la iglesia lastima, porque a diferencia de nosotros, Él hace justicia a través del amor.

Cuando yo herí y cuando me hirieron, vino Jesús a sanarme, porque Jesús sana lo que la iglesia lastima.

Ahora, depende de nosotros ser el Pedro que usa la espada para cortar orejas, o ser el Pedro que sin plata ni oro se ocupa de sanar. Si seguimos la historia, no está todo mal con Pedro. Encontramos a alguien que se convirtió en el líder de la primera camada de personas en seguir a Jesús luego de la resurrección. Encontramos a alguien que continuó su vida lleno del Espíritu Santo, y fue fiel a Jesús hasta la muerte: “estoy dispuesto a ir contigo tanto a la cárcel como a la muerte” (Lucas 22:33), y así fue, a la cruz, como su Maestro.

En épocas donde todos queremos mostrarnos revolucionarios solemos olvidar que no hay nada más revolucionario que amar, sobre todo a nuestros enemigos. ¿Qué hacemos? ¿Seguimos cortando orejas? ¿O seguimos el ejemplo de Jesús y comenzamos a reconstruir con amor?

Daniel "Chino" Medina
@elchinodaniel

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